Una estación muy esperada por los odiadores seriales del invierno y los amantes de los parques, las plazas, las playas y los festivales al aire libre. Podrán cortar las flores, pero nunca detendrán la primavera
Por César Luis Penna
Este 21 de septiembre nos sorprendió una jornada primaveral helada y ha sido desde hace muchos años, para mí, sólo un deslucido cambio de estación. Puedo recordar que desde que íbamos al jardín de infantes la llegada de la primavera era todo un acontecimiento. El Jardín y la escuela se llenaban de flores de papel y los colores revivían las frías paredes escolares, mientras los canteros en las calles se llenaban de flores estacionales, cambiándole la cara a la ciudad.
Tal vez todo era porque pasábamos inviernos realmente duros, esos fríos que congelaban los pastos y las plantas. Los que íbamos a la escuela desde las siete de la mañana podíamos ver todo blanco, era lo más parecido a la nieve que jamás vimos. Se trataba de dos meses que realmente sufríamos, más si éramos pobres con poco abrigo, por lo que la llegada de la estación de las flores siempre fue un gran acontecimiento.
Los bailes de primavera y los festivales se vivieron, para la juventud, con gran felicidad. Claro que también el rock comenzaba a ser parte fundamental de los festejos primaverales. Para los ´90 las bandas de metal habían brotado como las flores y no tenían lugar en los festejos masivos, con el tiempo se hicieron un lugar en el Anfiteatro, en paralelo con la actividad organizada por la FM Europa que llegaba a juntar algo así como 50 mil personas. Era todo un acontecimiento que, además, organizaban para el Día del Amigo y el Parque estallaba.
Cuando el Anfiteatro no estaba disponible, el rock se iba al Parque Gazzano.
Cursando el segundo año de la escuela secundaria nos organizamos con mi amigo Lisandro para ir al Gazzano, porque habíamos escuchado del festival en la radio. El escenario estaba a un costado del lago. No recuerdo mucho las bandas, pero sí que una de ellas tocó Orgasmatron de Motorhead, pero la versión de los brasileños Sepultura, versión que habíamos escuchado en FM Stop, que era más metalera que Europa. Frente al escenario estalló un pogo que terminó levantando tanto polvo como una película de vaqueros; un par de ellos se revolcaron en el piso y los levantaron enseguida, parecían estatuas de terracota china. En un par de temas vi como revoleaban las cabelleras en el escenario y abajo de ellas y cuando sonó el tema que conocía me adelanté un paso y los imité. Mi amigo que también tenía pelo largo no se sumó, sólo miraba asombrado cómo una nena se horrorizaba por lo que yo hacía. Claro, era de día en un lugar público, estábamos a metros de la plaza y cerca del kiosco de metal con los colores de Pepsi que vendía golosinas y gaseosas. Nos reímos del evento por años, hasta que surgieron otras anécdotas.
Era tan distinta la época que el clima realmente cambiaba después de la tormenta de Santa Rosa. En los últimos años no hemos tenido tal fenómeno climático y la primavera en sí arranca cuando quiere; como este año que tuvimos un cielo totalmente nublado y temperaturas bajas para el 21. Recién cinco días después las temperaturas se amoldaron a la estación y llegaron a una sensación térmica de más de 31°.
La esperada tormenta llegó algo así como veinte días después, de su fecha del 30 de agosto, con granizada incluida del tamaño de una bolita hasta de media naranja, dependiendo la zona.
Festejos son festejos
Claro que los festejos no eran solamente en nuestra ciudad, sino que, en Buenos Aires, por ejemplo, siempre el 21 había desmanes por la venta de alcohol, decían en la tele. En una de ellas Pappo fue convocado y llamó a las huestes a que se comportaran y así pasó mientras duró el recital. En lugares como San Justo (Santa Fe) un Pequeño Perro Morelli conducía las fiestas del estudiante en las que se elegía el rey y la reina, como sucedía también acá en la fiesta organizada frente al balneario municipal. Si bien nosotros como estudiantes elegíamos a nuestros monarcas estudiantiles, además se elegía al mariposón, entendiendo siempre que era con humor. Lo hacíamos en nuestras escuelas, pero realmente nos daba vergüenza ajena y a quienes tenían que participar también. Con el paso de los años todos nos dimos cuenta de que estaba todo mal, pero no el festival en sí. Martín Alarcón lo conducía, el dueño de la radio lo organizaba, juntos lo hicieron por 20 años hasta que la Municipalidad tomó el mando de la fiesta, sólo para que se pierda entre papeles y olvidos.
De grande se festeja de otra forma
Como estudiantes universitarios aprovechábamos la fiesta del parque para ir a vender bizcochos, empanadas, palomitas de maíz, alfajores de maicena, etc. Ya en aquella época nos la rebuscábamos para juntar fondos para ir a los encuentros estudiantiles, porque claramente éramos pobres estudiando en una universidad pública que defendimos siempre y lo seguiremos haciendo.
Hace unos años, unos días antes de la tan mencionada fecha, en plena pre-primavera recibí un mensaje de Mercedes, que se había perdido en el tiempo.
Ella era sólo una amiga y había sido blanco de una exnovia que, brotada de unos celos nunca vistos, la hizo investigar hasta con la policía. Estuvo a punto de ir a mechearla o revolearla, porque era mucho más alta, pero la frené a tiempo. Ese noviazgo y esa amistad no duraron nada. La gente está muy loca y desde hace mucho tiempo…

Efecto primaveral
Una mañana, los nuevos brotes relucían en mis plantas. Me tomaba unos mates en el patio de mi casa, escuchando la tele y mirando de vez en cuando a Chiquito que balconeaba. Un colibrí entró a mi patio sólo para revisar el sobresaliente de la pared frontal, en busca de bichos supongo. Dicen que la visita de ellos significa buenas noticias o la visita de un antepasado. De repente me vibró el teléfono (porque al ringtone lo dejé en el 2000 y pico) y era ella, Mercedes, a dos centímetros de ser un hobbit, morocha, pelo lacio, poseedora de dos lomadas envidiadas por muchas y un carácter escondedor medio feo.
Parecía que se había peleado con todo el mundo y quería ir a un evento en el Gazzano, pero no quería ir sola, vaya uno a saber con qué intenciones. La convoqué en casa, porque sólo tenía bici y de ninguna forma la iba a llevar en el caño, porque de casualidad podía andar yo, imagínense con un peso en vaivén. Vino y nos fuimos caminando. Charlamos todo el tiempo, hasta que la música nos guio al recital, en el sector donde están las mesas de cemento y algunas parrillas. Ahí mismito estaba tocando Saga, la banda de Yodri Ríos y Garras tocaba después. Llegamos y me quedé solo, así que me fui a charlar con la hermanada, tres hermanos metaleros que conocía de los recitales y de haber ensayado juntos alguna vez. Nos quedamos tomando algo y alentando a las bandas.
A quien me acompañaba la veía charlar con gente que yo no quería ni saludar, así que sólo me puse a mirar el reci tranquilo con una latita en la mano. De repente sentí unas manos en la cintura y dos lomadas apretándome la espalda.
—¡Me vas a romper la espalda!
—¡No me dejes sola! —me dijo con su mirada de lobezna.
—¡Vos me dejaste por los gordos esos! —le dije en tono de broma, porque realmente no me importaba con quien estaba.
Se nos acabó la cerveza y fuimos por más a un kiosco que estaba afuera del Parque. Íbamos despacio tomando y en un descuido me empujó hacia el lago. Como tengo los brazos largos como Zárate, alcancé a manotearla, pero no con la habilidad motriz como para no caerme. Yo creo que se tiró arriba mío directamente. Como en ese entonces no había más luz que la de la luna, la abracé así como estábamos y le tiré el pico para ver qué pasaba, gratis la empujada no le iba a resultar, y se prendió como un dorado en invierno. En un momento se me cruzó hacer ahí mismo lo que no se debía, pero ella me dijo…
—¡Qué manos suavecitas! ¡Qué lindo!
—Viste— le dije y le acaricié la cara.
—¿Y tu otra mano?
—Acá en la cintura— le respondí sin moverme siquiera.
Dio un pequeño grito y se levantó de un salto para dirigirse hacia la luz. ¿Qué pasa?, le preguntaba. No me respondía y sólo se sacudía mientras caminaba hacia la luz. No podía dejarla así no más, por lo que le pregunté qué le pasaba y sólo me pidió que la ayudara a buscar algún remís o algo. No tengo pruebas, pero tampoco dudas, el diablo siempre mete la cola en cosas como estas, no fue la primera vez que sucedió algo así por lo que uno ya se acostumbra. Se fue sin despedirse ni decir nada, el efecto primaveral pensé, qué sé yo. Volví con mi lata de cerveza caliente al recital a ver la banda de Matías Rodríguez y charlar con mis compañeros.
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